Re leyendo las intervenciones

Entre cartones, en medio del patio, yacía doña Margarita clasificando juguetes de venta para la Navidad venidera. Una montaña de cajas similares llenaban uno a uno los cuartos húmedos y malolientes de cada división de espacios, bodegas más bien. Me detengo y repienso por no llamarlos habitáculos, porque las condiciones de habitabilidad habían desaparecido hace decenas de años. Sin embargo, esa penumbra, esa ausencia de luz, que nubla la certeza y opaca el tiempo, permite acercarse con un morbo que turba la razón.

El tiempo, la historia y la memoria que se almacenan entre esas paredes ásperas, que abrazan y te hacen perder la escala, para solo dejarte fugar en el cielo azul de los patios.

Sí.  Seis, seis patios con un mismo cielo, seis patios atados con cuerda de pasillos y nudos de umbraladuras. Atados con madera fina de talle rústico, tan rústico que parece que la burguesía urbana de la república le había pasado indiferente.

Tengo el cuerpo frío de desconcierto. Atravieso el zaguán de salida.  Me cuesta abrir la puerta, casi escotilla, que separa el silencio de la memoria de la realidad cotidiana.  Pienso que esa bulla, esos gritos, están macerándose en el día, para fugarse en la noche hasta el interior de los muros de adobe para guarecerse de lo frívolo.

Cierro la gruesa puerta y mi mirada pidiendo respiro se escapa al cielo. Cielo de patio, ahora infinito y me asaltan las letras patojas y antiguas incrustadas en la piedra, pensaría que es más bien la piedra la que ha crecido a su alrededor.

“Alabado sea el santísimo sacramento, acabose esta portada en el año de nuestro señor de 1671” 

137 años después de que ésa, la otra, la nueva ciudad apenas empezaba a nacer y cuanto más puede haber detrás, cuanto que el dintel de piedra oculta y no cuenta.

Los patios, sus paños blancos, la madera curtida, el Higo del fondo y los aleros, cada canecillo, una a una cada umbraladura y paño, saben que los años no son números ni calendarios, los años son patrimonio y memoria.

Los adobes con los se construye la cultura de lo que somos.

 

17 de noviembre 2001, una de las primeras visitas a la casa del alabado antes de su intervención.

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Hace poco una escuela de rehabilitación me invitó a dar una charla que marcaba la apertura de un nuevo curso lectivo, el preparar esa conferencia me obligó escarbar antiguos archivos de las obras a las que haria referencia.  Ese ejercicio de ir y volver entre el recuerdo y la lectura me sugirió reflexionar acerca tiempo de madurez. He encontrado un manuscrito en uno de los primeros visitas casa del Alabado,  y he repasado la presentación de diapositivas de esa conferencia;  entre ambos hay casi 15 años en los que cuentan  de espacios y momentos que hacen referencia a una misma sensibilidad a un mismo objeto y una misma persona y creo que la distancia y el tiempo permiten agudizar las reflexiones.