Una herencia

Durante mucho tiempo de mi adolescencia, compartí viajes al campo con mi padre, eran casi tres horas de trayecto en coche, unas veces más disfrutable que otras.  Un padre cuarentón y un hijo adolescente no siempre se encuentran en temas de charla.  Ahora lo sé porque estoy aprendiendo desde el otro lado.

Uno de los temas en los que siempre me interesé y de los que mi padre disfrutaba hablar, eran historias reales pasadas, esas pequeñas mitologías que se construyen en cada clan y que sin que nos diéramos cuenta pasan a ser parte de la riqueza de la tradición oral que no habíamos/hemos perdido algunas familias; eran temas que tenían que ver con el origen de nuestro apellido.  Fueron muchos años de un tema reiterativo, que volvía una y otra vez y siempre con algún cachito nuevo.  Finalmente, tomó una trascendencia seria, cuando mi padre me comentó que un primo suyo había hecho un trabajo serio de construcción de una árbol genealógico, pero este árbol arrancaba exactamente un siglo antes de que yo naciera.  En 1868 la zona noreste de Ecuador sufrió uno de los terremotos más devastadores de aquel siglo,  entre otros, el pueblo de  Mira, fue muy castigado.  Para la reconstrucción de su iglesia, algún tiempo después,  se trajo a un albañil,  de quien solamente se sabía que venía del norte, tal vez Colombia o Venezuela.  Al parecer éste sería el primer Hidrobo en tierras ecuatorianas.  Desde aquel hasta mi padre, el árbol estaba construido totalmente, inclusive las descendencias con las variables del la h y la b, que ahora se las conoce como provenientes de Guayaquil y Cuenca, pero sin embargo faltaba lo anterior a 1868.

En el año 97 en un evento internacional de accesibilidad, al que representé al País,  en Cartagena de Indias, conocí a un funcionario venezolano quien me comentó conocer a una persona con mi apellido dentro de su institución.  Eran tiempos ya de internet, algo incipiente, épocas de “netscape” , por ejemplo, y  yo le pedí que preguntase si tenía algún interés o conocimiento en la genealogía del apellido, y que de ser así, se pusiera en contacto conmigo, lo cual, un par de años mas tarde y luego de no mas de cinco correos dio su fruto.  El me confirmó la presencia de antepasados con el apellido incluso antes de 1800, la conexión con el mismo apellido en Colombia y sobre todo la relación con Huidobro y la presencia en Chile del mismo apellido.   Es más, en uno de los correos, recuerdo que me comentaba de la tradición colonizadora en tiempos de inmigración, de identificarse con el lugar de origen, nombrándolo como un segundo apellido, así los Fernandez de Álaba o los Ramirez de Zaragoza, y que el apellido original emigrado a américa era García de Huidobro, apellido que en la genealogía si que aparece tanto en Huidobro, Burgos, como en Chile de siglos anteriores al XIX.

Ya viviendo en España, y en uno de los viajes de visita, recuerdo cuando le conté a mi padre que Huidobro era un antiguo pueblo abandonado y perdido en la provincia de Burgos, del cual tan solo quedaban los restos de una pequeña iglesia de neorománica, su emoción fue algo así como participarle de un hallazgo muy importante y desde entonces y sin más, cada vez que volví de visita a Ecuador, me preguntaba:

¿Has llegado a ir al pueblo?

Cierta y lastimosamente siempre le dije que no, que no había podido, excepto la última vez, en que le conté que al volver de Cantabria habíamos intentado llegar, no lo logramos, fuimos por Pesquería de Ebro y nos quedamos a tan solo 4 kilómetros. Cuando se lo conté a Papá, me llamó la atención que sus preguntas fueron pocas y particulares:

“¿Cómo era?, ¿Qué colores tenía? ¿A qué olía?”;

Entonces era Febrero del 2015, con su muerte  en noviembre del mismo año, supe sin lugar a dudas que era un tema pendiente que había que quitarse de encima lo más pronto posible.

En Enero del 2016 aprovechamos el inicio del año y la vuelta de nuestro hijo Joaquín que estudia en Burgos, para hacer un viaje familiar que traía la tarea, que para mi y sin haber hecho compromiso, estaba pendiente.

Lo épico ya no se halla con facilidad en estos días y mal estaría pretenderlo, fue un viaje ameno y divertido con algo de neblina que si que dio un matiz particular, pero sin dificultad y en algo más de una hora desde Burgos, llegamos a un paraje campestre, invernal, y ganadero en el que justamente encontramos las ruinas de la Iglesia.

Así sin más y al volver intenté hacer este post y no pude, creí que faltaba algo.  Compartí con la familia las imágenes de los primero Hidrobo que habían llegado a Huidobro, de donde alguien salió algún día a hacer las américas y se quedó.

Me encanta que “Las Américas”, por eso de los diptongos y los quichuismos, le tunearon al apellido.  Creo que nada mejor que comprender un mestizaje, desde el idioma y el lenguaje y su semiotica.  Este post lo borronee entonces, lo releí decenas de veces, hasta que el dolor de no haber llegado a decirle, Papá…llegué! y el pueblo huele a campo húmedo, tiene colores ocres y mates y tus nietos han corrido allí…me ha superado y hoy a dos años de que nos hayas dejado, soy capaz de decirte que es un día de alegría y fiesta de recordarte en paz, porque nos dejaste la más grande de las herencias, una sensatez en los principios, la intuición del bien y un afán de curiosidad.  Con ello sé ahora, que tu nietos llegarán a donde siempre tuviste ganas de ir, y seguro que más allá y sé que todo eso, de alguna extraña manera será en tu compañía y con tu presencia.

Te quiero Papi